A la hora de dormir…
Ni subía ni bajaba, atravesaba una puerta estrecha hasta una de las tantas esquinas de la Duarte con Paris, ahí me perdí bajo un letrero muy grande del cincuenta y tres por ciento de la población, en el conde ya no caben los mendigos y en la plaza, ¿Cuál plaza? Iba llorando una mujer sin vestido de novia queriendo casarse aquel día tan gris Y yo, ni pregunto, ni cuestiono, intentando gritarle a la ciudad sus mentiras, comiéndome las uñas, intentando no escucharle, deseando lanzarme al Ozama y no ahogarme, más bien intoxicarme, y que cargues con la culpa y te desplumes y la barba se te haga pesada y los parpados te repitan una y otra vez cada palabra, sí, cada palabra.
A mi déjame, yo seguiré siendo cuento, a esta hora indeleble, donde intento odiarte y aún no puedo. Pero podré, créeme que podré. Por más sangre de tu sangre que corra por mis venas. En esta vida todo se aprende.